Científicos desarrollan plaguicidas que no dañan la salud humana ni el medio ambiente

Científicos desarrollan plaguicidas que no dañan la salud humana ni el medio ambiente

Las plagas agrícolas como el gusano barrenador, la gallina ciega y la mosca pinta -que atacan al maíz-, la roya del trigo o la larva del café, entre muchas otras, destruyen hasta 30% de los cultivos y con ello generar grandes pérdidas económicas a los productores. También potencian los riesgos para la seguridad alimentaria en México y el mundo.
 
 
Por eso, la producción agrícola depende como nunca antes del uso adecuado de plaguicidas: un estudio de la Universidad de Cambridge (Lomborg y Bjorn) publicado en 2001 calcula que si esas sustancias no se utilizaran en el mundo el número de muertes por dieta deficiente sería mil veces mayor que el de vidas salvadas de la hambruna.
Si no se aplicaran plaguicidas en el campo, el rendimiento de las cosechas disminuiría, tendrían que explotarse más tierras de cultivo y esto implicaría daño ambiental masivo así como un costo de alrededor de 20 mil millones de dólares. Sin embargo, la mayoría de estos productos son químicos que también conllevan riesgos para el entorno y la salud humana.
Los efectos de los plaguicidas dependen de su composición química. Un informe del Instituto Nacional de Ecología (INE) alerta que los organofosfatados y los carbamatos pueden afectar al sistema nervioso humano, mientras otros al sistema hormonal y endocrino. Estas secuelas no se generan siempre: dependen del tiempo de exposición y la toxicidad del químico. La mayoría de casos de intoxicación afectan a los agricultores.
Ante estos riesgos, la inducción de resistencia en las especies no deseadas (efecto similar al producido por el abuso de antibióticos) y su baja especificidad (arrasan con otros organismos no dañinos), se han planteado diversas alternativas. Una de las más promisorias es la producción de bioinsecticidas no tóxicos, que solo atacan a la plaga “meta”, sea microscópica (virus, hongo, bacteria) o macroscópica (gusanos, maleza, roedores, entre otros).
“Desde el descubrimiento del DDT y hasta principios de los años 60 no se había visto otra alternativa para el control de plagas salvo los insecticidas químicos”, señala el doctor Jorge Eugenio Ibarra Rendón, del Centro de Investigación y Estudios Avanzados (Cinvestav) Unidad Irapuato. Pero la situación cambió cuando comenzó a observarse los efectos tóxicos asociados con éstos.
Protección de cultivos
En vísperas del Día Mundial contra el Uso Indiscriminado de Agroquímicos, que se celebra hoy, el titular del Laboratorio de Bioinsecticidas del Cinvestav-Irapuato recuerda que los plaguicidas químicos son altamente eficaces, pero tienen muchos efectos neurotóxicos y carcinogénicos en el hombre y los animales domésticos, mismos que han sido ampliamente documentados por los científicos.
Además los agroquímicos se acumulan en el ambiente, pues su degradación es compleja. “Esto causa contaminación en el suelo, las aguas corrientes y las del subsuelo, que eventualmente llega a las cadenas alimenticias”, advierte Ibarra, quien con su equipo se ha enfocado a la descripción, selección y desarrollo de microorganismos dañinos para plagas de importancia agrícola y médica.
Los organismos entomopatógenos (dañinos para los insectos-plaga) son estudiados para ver si tienen acción bioinsecticida, seleccionados y desarrollados en el laboratorio para generar cepas aún más patógenas, ya sea de manera natural o mediante ingeniería genética.
“Se utilizan principalmente virus, bacterias hongos, protozoarios y nemátodos. Estos son los que se han desarrollado en México, aunque aún no en la cantidad suficiente”, refiere el investigador.
El cepario del Laboratorio de Bioinsecticidas del Cinvestav es el más diverso del país: concentra 1,128 cepas de Bacilus thuringienisis (Bt) y 238 de Bacilus sphericus, además de otras con los organismos antes mencionados. Hace algunos meses Ibarra y sus colegas hallaron que una variedad de Bt llamada israelensis es útil no sólo contra insectos-plaga como los mosquitos, sino también para combatir la broca del café.
Esta especie (Hypothenemus hampei) en su estado de larva es la principal plaga de la planta aromática en el mundo. “El único uso que puede tener Bt israelensis se vería al producir café transgénico que exprese el gen de esa bacteria, pues el insecto no está expuesto en las hojas, sino dentro de las cerezas. Una aspersión con Bt no serviría de nada”, explica el biólogo y doctor en Entomología.
Los científicos ya patentaron el hallazgo y también han desarrollado, con apoyo de la Comité Estatal de Sanidad Vegetal de Guanajuato, diversos bioinseticidas fúngicos, es decir, basados en hongos, con actividad contra plagas como la chinche café del sorgo, la gallina ciega (gusano que ataca al maíz), la mosquita blanca y los chapulines. Ahora investigan el uso de un virus contra un gusano (trichoplusiai) que ataca a la col.
Aplicaciones médicas
Las proteínas del Bt también pueden usarse para matar plagas resistentes, como lo muestra el trabajo de Alejandra Bravo, del Instituto de Biotecnología de la UNAM. Con su equipo, la investigadora del Departamento de Microbiología Celular estudia y prueba diferentes toxinas que solo atacan a la fauna nociva sin dañar la benéfica, como las abejas ni a los humanos u otros mamíferos.
 
Estas sustancias no afectan la fijación del nitrógeno en las plantas ni merman la biodiversidad, como ocurre con los plaguicidas químicos.
 
Entre sus desarrollos está un bioinsecticida de uso doméstico que permitirá controlar al mosquito transmisor del dengue. Este producto, denominado Moscofin Bt, ya fue probado y avalado por la Secretaría de Salud. La Corporación Mexicana de Transferencia de Biotecnología, que lo produce con apoyo de la UNAM, prevé que esté a la venta en 2013.
El Moscofin Bt consiste en diminutas perlas que contienen, además de un par de toxinas, una sustancia “cebo” que atrae al mosquito en su estado larvario. La acción combinada de ambas sustancias -derivadas del Bt- perfora la membrana intestinal de este insecto hasta que ésta se rompe y le produce la muerte.
El bioinsecticida no contaminará el medio ambiente, pues las perlas están fabricadas con proteínas que se degradan en pocos meses. Estas podrán colocarse en cualquier recipiente con agua para atraer y matar a la plaga antes de que se convirtiera en transmisor del dengue.
En un comunicado de la Academia Mexicana de Ciencias, De la Parra expresó que este tipo de investigaciones sobre los mecanismos de acción de toxinas específicas puede ser el punto de partida para caracterizar y estudiar a otras bacterias de interés médico-sanitario, como las del cólera, ántrax o difteria.
 
 
Fuente: EL Universal.mx

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