La participación ciudadana hace las ciudades habitables

Como los ecosistemas naturales, los ecosistemas urbanos están compuestos de elementos físicos y biológicos interdependientes y dependientes a su vez de otros ecosistemas (...). Lo que distingue a los sistemas urbanos de los demás ecosistemas es la enorme preponderancia de su componente humano, con sus características sociales, culturales, económicas y políticas». La frase salió de la Unesco en un intento de centrar y definir los ecosistemas urbanos.
 
 
La recuperación ecológica de la ciudad como base de un desarrollo sustentable arranca de un contexto que, al menos en el terreno de los principios, no puede ser más favorable. La práctica totalidad de los grandes organismos internacionales ­Naciones Unidas, OCDE y la misma Unión Europea­ consideran el desarrollo sostenible como un tema central en la toma de decisiones políticas. Bien es cierto que el concepto de desarrollo sostenible encuentra fácil acomodo en los más variados discursos. A este respecto, la Cumbre de la Tierra, celebrada en Río de Janeiro en 1992, marcó un hito muy importante. Y aunque en Río hubo más palabras que hechos, uno de sus principales logros, la Agenda 21, empieza a utilizarse como referente central en las políticas municipales de numerosos países. En Europa, más de 100 ciudades han suscrito la Carta de Ciudades Europeas Sostenibles, comprometiéndose a participar en las iniciativas locales de la Agenda 21.
 
La participación ciudadana es esencial para un cambio de rumbo hacia ciudades habitables. Los planes de reducción del tráfico, fomento del transporte colectivo y la bicicleta, ahorro de energía y agua, reducción y reciclaje de residuos, protección de las zonas verdes y de cultivo, no pueden fraguarse a puerta cerrada en los despachos de los responsables políticos y técnicos municipales. Por buenos que estos sean, sin la participación ciudadana lo más probable es que acaben siendo anulados.
 
Las iniciativas que se encaminen al cambio de modelo de ciudad deben emprenderse conjuntamente con las asociaciones ciudadanas. Fomentar la información y potenciar la participación resulta imprescindible para afrontar el cambio de modelo y fortalecer la vertebración social alrededor de futuros proyectos.
 
La demanda de superficie urbanizable, debido al flujo de inmigración hacia las ciudades, provoca que el déficit de áreas verdes en los núcleos urbanos sea cada vez mayor. La creación o rehabilitación de espacios verdes, el fomento de la agricultura periurbana, con pequeños huertos o «balcones comestibles», son actividades que, además de favorecer la calidad de vida del ciudadano, ayudan a restaurar la diversidad biológica.
 
Huir de los exotismos vegetales y de las plantas sedientas, plantar especies autóctonas, arbustos, frutales, y utilizar sistemas de microrriego con aguas residuales depuradas y abonos orgánicos son las pautas a seguir para una gestión sostenible de la ecología urbana.
 
Existe una nueva filosofía del desarrollo local. Está basada en la capacidad de formular nuevos objetivos desde una visión integrada y compatible entre medio ambiente, necesidades sociales y economía, tomando en consideración el nivel local y el global, el corto y el largo plazo.
 
Y fundamental: superar la idea del «crecimiento sin límites» como paradigma, para plantear otras bases del desarrollo.
 
 

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