Hallazgos médicos, un Nobel muerto y el sueño de la inmortalidad

Cada nuevo descubrimiento que hace la ciencia es para alimentar nuestros sueños; soñamos con alcanzar la inmortalidad. Si hace unos días se dio la noticia de una “inminente” vacuna para combatir el Sida (que no será tal, de momento), hoy se especula, a partir de una investigación realizada con ratones, que el Alzhéimer pudiera ser que provenga de una infección. Si fuera así, el campo de posibilidades terapéuticas se amplía —también se lía aún más—. Pero el hallazgo invita a soñar y a albergar esperanzas de que esta demencia senil, sin causa conocida, tal vez pudiera llegar a tratarse con “una simple inyección”. En cualquier caso, lo que cabe aquí resaltar es que no pasa un día en el que no nos sorprenda este mundo cambiante con el anuncio de “un paso más” hacia el más humano de los objetivos: conseguir la inmortalidad. O al menos librarnos de la enfermedad.

Me comentaba hace poco el neurólogo Javier Márquez, jefe del Servicio de Neurocirugía del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla, que ya puede imaginarse, que en un tiempo no muy lejano tendremos la posibilidad de introducir a un enfermo en una habitación —“en una especie de máquina enorme”, decía; o en “el robot Curatodo”, interpreto yo— y hacerle un chequeo, global y absoluto, tras el cual, además de obtener un diagnóstico completo, podría precisarse cualquier tratamiento adaptado a la enfermedad que esta persona sufriese. Y esto me trae a la memoria lo que dijo, el pasado 23 de septiembre, el genetista Agustín Ruiz, en el diálogo que mantuvimos durante el curso “El Siglo de los Genes: Diálogos sobre Genética y Ciudadanía” organizado por la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA). En esta ocasión Ruiz comentaba que no está muy lejos el día en el que cada persona que nazca vendrá con su “carta genética” bajo el brazo. Esto condicionará, explicó, su vida futura en todos los campos (laboral, emocional o social) más de lo que sospechamos. Y aún fue más lejos. Ruiz anunció que muy pronto se viviría como algo “normal” la posibilidad de concebir hijos “por encargo”, con unas características muy específicas, como el poder elegir el color de pelo o los ojos. Puede que sea una exageración, pero, sin entrar en detalles, no cabe duda de que el género humano se está acercando al manantial de la vida. Claro que al mismo tiempo descubre, ¡todavía con asombro, menos mal!, que no sabe nada. “Cuanto más avanzamos en el conocimiento del genoma, en la causa y razón de nuestros orígenes, más certeza tenemos de que aún desconocemos casi todo”, resume el científico Ruiz. Es decir, y aunque resulte paradójico, el conocimiento, por ahora, no hace más que acercarnos a la toma de consciencia sobre la magnitud de nuestra ignorancia.

Volviendo al hallazgo reciente en ese camino emprendido para desentrañar el Alzhéimer, la posibilidad de que su causa sea infecciosa es una vía a la esperanza. La noticia llega desde la Universidad de Texas de la mano del científico Claudio Soto y del español Joaquín Castilla, investigador del CIC bioGUNE vasco. Estos científicos han inoculado, en el cerebro de ratones, extractos de cerebros de enfermos de alzhéimer y han detectado que esto les provoca la enfermedad. Los resultados sugieren que algunas de las anomalías cerebrales asociadas con la enfermedad de Alzhéimer pueden estar inducidas por un mecanismo de transmisión similar al que ocurre en las enfermedades espongiformes transmisibles, llamadas también enfermedades priónicas.

¿Significa esto que el Alzhéimer podría tener un origen infeccioso? Podría ser, pero por ahora no se tiene ninguna certeza. Ahora se plantea, también, si otras enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson, por ejemplo, pudieran tener el mismo origen. Un problema con el que se ha topado la ciencia a la hora de clasificar la enfermedad de Alzheimer como infecciosa radica en la ausencia de modelos adecuados, concretos, que reproduzcan cada uno de los procesos patogénicos de la enfermedad. Y esto refuerza la idea esgrimida hace un instante: cuanto más se avanza en el conocimiento científico, específico de un campo concreto, más puertas se abren hacia otros campos sobre los que existe la más absoluta ignorancia. Si bien Soto y Castilla han demostrado que el principal evento, la formación de placas amiloides (muestras de que se padece el Alzhéimer), puede reproducirse artificialmente de forma similar a lo que ocurre en una infección de priones, es prematura extrapolar este dato para concluir que la enfermedad de Alzhéimer es una enfermedad infecciosa, han dicho los investigadores.

Bien. Y en medio de “estos hallazgos” (la vacuna del Sida y el posible origen infeccioso del Alzheimer) ha llegado la noticia de nuevo premio Nóbel de Fisiología (Medicina). En esta ocasión se lo han repartido el norteamericano Bruce A. Beutler, el francés Jules A. Hoffmann y el canadiense Ralph M. Steinman. Este último fallecido días antes de la concesión del galardón a causa de un cáncer de páncreas que, curiosamente, estaba tratándoselo con una terapia desarrollada a partir de sus propios descubrimientos. En cualquier caso, y al margen del hecho luctuoso y “anecdótico” de haber premiado a un fallecido, algo que prohíben los estatutos del premio, lo importante y significativo es siempre por qué se conceden los Nóbel. Y, en esta ocasión, los investigadores norteamericano y francés reciben el galardón por haberse adentrado en el complicado mundo de nuestra respuesta inmunitaria. Sus trabajos han sido para averiguar qué procesos se suceden desde que un microorganismo entra en el cuerpo humano hasta que este es identificado y neutralizado. Estos hallazgos sirven para explicar, por ejemplo, como funcionan las vacunas, o como nos libramos de aquellas infecciones que, como la gripe, no hemos de someter, necesariamente, a un tratamiento. A la larga, lo que Hoffmann y Beutler han probado servirá para desarrollar nuevos fármacos.

El fallecido Steinman, en cambio, se había ocupado durante décadas de averiguar si la respuesta inmune puede educarse o no. Según él, hay unas células, que el mimo bautizó como dentríticas, que juegan un papel clave en la respuesta inmunitaria adaptativa. Es decir, que aunque se inhiban de una manera natural ante la llegada de un cuerpo extraño (bacteria, virus u hongo), puede enseñárselas, por decirlo de algún modo, a reaccionar. Su hallazgo está siendo usado ya para el tratamiento de algunos tumores.

En definitiva, desentrañar el Alzheimer, lograr la vacuna del Sida, o conocer mejor la lucha del cuerpo humano (sistema inmunitario) en ese afán de vencer cualquier enfermedad que le aceche, no es más que la recopilación del esfuerzo de miles de científicos embarcados en esa aventura que es intentar retrasar la muerte. Si estar muerto es, de hecho, el estado natural de la especie, como proclama Jesús Mosterín, todo lo demás, que es vivir, es un esfuerzo titánico. Y en esas estamos; y para vivir, la ciencia, a diario, continuamente, alimenta estas pequeñas hogueras de las que hoy hablamos.


Fuente: ( Cuartopoder )

1 comentarios:

K buen articulo..resume bien el serio quehacer de la ciencia y la esperanza cifrada en ella, para quienes se enfrentran al duro proceso de vivir...ademas me encanto k alude: Los encabezados amarallistas con k siempre se presentan los hallazgos cientificos, en la etapa prima, cuando realmente se hacen noticiosos!!

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