Malabares terapéuticos

Niños de 5 a 16 años, incluyendo algunos con condiciones médicas, participaron de una experiencia educativa diferente 
 
Uno de los objetivos es provocar que los participantes lleven toda su atención a una actividad u objeto, como sucede con el equilibrismo
Por Camile Roldán Soto
 
Calzó sus mejores zapatos. El cuello lo adornó con un lazo. Coronó su pequeña cabeza con un sombrero de copa y su rostro con la mejor sonrisa. Diego está listo para la función. 

Es domingo en la noche y junto a otros 12 niños y niñas, este pequeño paciente de perlesía cerebral, demostrará lo aprendido durante el campamento Verano de Circo. Tal como delata su nombre, este no fue un campamento regular. Es un proyecto innovador gestado con interés, creatividad y mucha pasión. Los hermanos Leslynette y Jafet Ramos Irizarry lo crearon a partir de sus dos grandes intereses. El de ella: la sicología social. El de él: el arte en una de sus expresiones más arriesgadas, las circenses. 

Juntos y con la colaboración de un grupo de profesionales expertas en distintas áreas del aprendizaje y el arte, los hermanos recibieron a Diego y a otros menores, varios de ellos con condiciones como autismo, déficit de atención y síndrome oposicional desafiante, entre otras condiciones de salud. 

A todos, les enseñaron acrobacias, malabarismo, equilibrismo, teatro, arte y natación. Y mientras gozaban, los niños aprendieron. 

“El trapecio trabaja mucho el movimiento, la atención, los sentidos. Eso se llama sistema vestibular”, explica Leslynette. Los hermanos y el equipo de colaboradoras identificaron una por una todas las destrezas que pueden trabajarse a través de los ejercicios y trucos que se hacen en el circo. 

Terapistas del habla y ocupacionales se encontraron de momento aprendiendo sobre yoyos chinos y aros. Artistas del trapecio, el teatro y las artes circenses entendieron qué es el motor fino, el motor grueso y la disociación. 

“Jamás pensé que me iba a entrar en una investigación sicológica”, comenta Jafet. En Brasil, donde se graduó de la Escuela Nacional de Circo, el artista fue instructor en talleres de circo para niños de las favelas (los barrios más marginados y pobres de Brasil). Allí viven inmersos en ambientes plagados de violencia y criminalidad. 

“Al principio quería un empleo. Pero empecé a ver la transformación de esos niños. Unos que mejoraban su conducta. Otros que empeoraban porque el ambiente a su alrededor no les dejaba progresar”, indica al explicar cómo comenzó a relacionarse con los pequeños a través de su arte.

Al llegar a Puerto Rico Jafet quería aportar de alguna manera a la Isla, hacer una diferencia en la sociedad. 

Creó, en unión con Selva Rivera y Carrol Carrero, el grupo Cir’ O Perativo, cuya misión es promover encuentros que conjugan varios tipos de arte. 

Su hermana, una apasionada del trabajo social, fundó hace años atrás Educare, una organización sin fines de lucro, dedicada a ofrecer servicios de terapia a infantes con diferentes limitaciones. Por su trabajo diario sabe lo difícil que es para los padres de niños con impedimentos hallar un espacio de esparcimiento para sus hijos con condiciones médicas. La mayoría, por no decir todos, no los aceptan. En Verano de Circo- trabajo conjunto entre las organizaciones de los hermanos- tenía que ser diferente. 

“Nosotros creemos en algo que se llama inclusión. Los niños autistas, por ejemplo, necesitan un ambiente con niños típicos para aprender la conducta apropiada. Y los niños típicos necesitan desarrollar la sensibilidad para estar con personas con impedimentos”, apunta Leslynette. 

El campamento unió a Diego y los demás menores con otros que no padecen ninguna condición, una oportunidad que, según las madres, escasea fuera de la escuela. 

“Estaba buscando un campamento, pero la tarea no es fácil”, comenta Brenda Cruz, madre del menor. “A todos los maestros les dije el último día que me tengo que quitar el sombrero ante ellos”, apunta. 

Alfredo Cintrón, de 6 años, fue otro de los chicos que participó de la iniciativa. Su madre, Omayra Cintrón, viajaba de Yabucoa a Dorado, con tal de que el niño pudiera asistir. Y no se arrepiente. 

“En Puerto Rico prácticamente no existen campamentos que atiendan a niños con necesidades especiales. La verdad es que valió la pena porque a él le encantaba. Ahora está hablando más en oraciones completas y también más controlado respecto a su conducta”, asegura la mamá.

El equipo de Verano de Circo realizó previo al inicio de las sesiones evaluaciones individuales a cada niño. De esta manera identificaron sus debilidades y fortalezas, con el propósito de ayudarles a mejorar las primeras y destacar las segundas. 

Dentro de un grupo tan heterogéneo era común que algunos cayeran en la tentación de frustrarse al no alcanzar las metas por igual o con la misma rapidez. Pero los maestros no los dejaron. 

“Ellos, en poco tiempo, descubrieron las destrezas de cada niño y les enseñaron a exponerlas mejor. En el caso de Diego, él fue quien presentó el show, hizo una voltereta y aprendió a hacer fila”, comenta. 

Omayra, madre de Alfredo, se emocionó. Sentada entre el público la noche de la función se sintió nerviosa, pero sobre todo, “bien feliz”: orgullosa de su hijo.
 
 
Fuente: ( el nuevo dia.com )

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