Venecia vive al ritmo del agua

Cada año la ciudad se hunde más. La fe está puesta en un plan para rescatarla
Imponente, pero tan frágil... Se hunde de a poquito, imperceptiblemente. Ya no es rica ni poderosa, pero es única y huella fiel de la historia. Las lanchas van y vienen, y el oleaje, insensible, golpea las talladas puertas de lujosos palacios. Su futuro es incierto: le auguran desde apenas 60, hasta mil años de vida. Una obra faraónica intenta salvarla, pero su eficacia todavía está por verse. Esta maravilla en peligro se vuelve entonces aún más atractiva, más increíble.
 
 
 
Su fundación data del 421. En su apogeo, erguida como mayor ciudad portuaria del mundo en el siglo XV, albergaba 200 mil personas. Era el punto neurálgico entre Oriente y Occidente. Hoy, sus residentes son apenas 40 mil, y recibe más de 20 millones de turistas al año.
 
No sólo el agua es amenazante. La ciudad debe soportar demasiados viajeros. El puente Rialto, el más famoso y concurrido, tiene su ancha baranda de mármol suave y brillosa. Es el efecto de miles de manos que la han ido puliendo durante los siglos. Hasta el metal veneciano muestra secuelas. Varios proyectos han surgido para limitar la cantidad de turistas, pero nada por ahora nos impide conocer Venecia.
 
Hay tres formas de llegar: en tren, ómnibus o auto, atravesando un puente de cuatro kilómetros. Uan vez en la ciudad, la mejor forma de moverse es a pie o en vaporetto, lanchas colectivas municipales con infinidad de recorridos. El boleto cuesta 7 euros y permite su uso durante 60 minutos en una misma dirección. Lo más conveniente es sacar un pase, que dura desde 12 horas (18 euros) hasta una semana (50 euros). "Piazza San Marco", grita frente a la estación ferroviaria de Santa Lucía el marinero que amarra y abre la puerta para el ingreso de pasajeros. Se anticipa a la pregunta del millón. La manada aborda.
 
La línea 1 del vaporetto arroja el primer pantallazo desde el agua. Circula por el camino más pintoresco recorriendo el Gran Canal, arteria principal que divide la isla en dos partes. Allí arrancan los primeros flashes. Lo ideal es ubicarse en la parte trasera, que está al descubierto y permite las mejores tomas. Sin prisa y respetando puntualmente sus horarios y paradas, el barco muestra los palacios más lujosos, los principales puentes, y ofrece bajarse en el punto más emblemático y turístico de esta ciudad, la plaza San Marco.
Cuando sube el agua
Como un puntito más dentro de aquella muchedumbre, empiezo por aquí el recorrido, mientras el agua brota de las rejillas y hendiduras que tienen las baldosas de la plaza. Nada nuevo para un veneciano. Está llegando el momento de la pleamar, y éste es el lugar más bajo de la isla, el que primero se inunda. Las pasarelas, apiladas en rincones, empiezan a ponerse en hilera formando pasillos a unos 40 cm del piso. No será por mucho tiempo, el agua que recién asoma, en breve emprenderá su retirada.
 
En la plaza San Marco, la estrella es su basílica. Construirla llevó 30 años; decorarla, siete siglos. Ingreso bajo ese techo colmado de venecitas. Al caminar llama la atención el suelo, ondulado por los movimientos de los pilares que la sostienen bajo el agua, y las sucesivas inundaciones a lo largo de los siglos. El atrio, además, es el punto más bajo de toda la plaza.
 
Al lado se alza el campanario, símbolo de Venecia. Ya no es aquel construido en el siglo XII, porque una mañana de 1902, simplemente se desplomó. Pero fue reconstruido igual y con los mismos materiales: ladrillo, piedra blanca y cobre en el techo. Unos minutos de espera me llevan, por 8 euros, hasta su cima en ascensor. Desde allí se obtiene una vista panorámica, un interminable rompecabezas de techos rojizos que no permiten distinguir siquiera los canales. Se ve la bahía y la pintoresca isla enfrentada de San Giorgio Maggiore, donde residen apenas cuatro monjes.
 
"Los visitantes suelen preguntar disgustados por qué hay carteles publicitarios cubriendo la fachada de algunos edificios. Se están restaurando. Venecia es una ciudad muy antigua y muy costosa de mantener, y estos patrocinadores son una manera de afrontar las refacciones", explica una guía turística al señalar el Museo Correr, tapado con una gigantografía publicitaria. Es uno de los tres edificios que en forma de U abrazan la plaza.
Junto a la basílica, el Palacio Ducal es otra joya que convoca. Cada turista quiere sacarle una foto: se alzan iPad, celulares, y todo tipo y tamaño de máquinas de fotos. Venecia enamora, nos rinde a sus pies. Pero es momento de escapar de tanto bullicio, de las fotos y los vendedores callejeros de baratijas y suvenires made in China.
 
Es momento de entregarse a la ciudad, elegir una callecita y dejarse perder. Conocerla con un mapa en la mano es misión imposible. Las angostas calles, sus giros y los sottoporticos (pasadizos bajo los edificios) no se muestran en el plano. Entonces, lo mejor es zambullirse en este laberinto y dejar que nos sorprenda. Descubrir maravillosos rincones insospechados con iglesias milenarias mientras cruzamos sus venas acuáticas por algunos de sus 450 puentes.
 
A unos minutos de la plaza San Marco, el bullicio va desapareciendo. Quedaron atrás las tiendas lujosas como Ferrari, Valentino, Fendi, Prada o Ferragamo; los restaurantes con menús turísticos por 10 euros; los negocios de máscaras venecianas o papel, y hasta los llamativos palacios. No hay un camino cierto hacia delante. Lo lindo es improvisar sobre la marcha. Un puente invita a tomar una callecita pequeña, pero a pocos metros el camino se torna aún más angosto.
 
En el cielo, una soga cuelga entre casas enfrentadas secando la ropa del día. Un muro al fondo insinúa que no hay salida, pero la curiosidad propone seguir adelante. Ese pasillito gira 90° y continúa ahora más oscuro y solitario. Al fondo hay claridad, algo debe haber. Impaciente me asomo al final del laberinto y ¡zas!, un espacio abierto con una monumental iglesia. Sorpresas que da Venecia. Es Santa María dei Frari. Sobre un lateral, San Rocco. A cada paso impresionan los templos católicos, cualquiera de ellos es una atracción turística en sí misma, pero aquí aguardan solitarios frente a tanta competencia.
Rescate faraónico
 
El Acqua Alta es un fenómeno que ocurre periódicamente en Venecia cuando el mar Adriático sube de nivel. Entonces queda inundada en menor o mayor medida. El invierno es la época en que más sucede. La frecuencia de este fenómeno está aumentando cada año y está dañando los cimientos de las casas y demás edificios.
 
Los hoteles muestran la tabla de mareas. La ciudad vive al ritmo del agua, y si tiene espacio en la valija puede traer botas de lluvia.
 
Venecia se hunde 2 milímetros por año. En 2014 se pondrá en uso el proyecto MOSE, una faraónica obra de ingeniería que intenta salvarla de su hundimiento a través de un sistema de barreras móviles que bloquearán el ingreso de agua cuando sube la marea.
 
 

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