La Amazonía, maravilla a preservar

La selección del río Amazonas entre las nuevas siete maravillas naturales del planeta es un hecho que llena de orgullo a los peruanos que –como en el caso anterior de Machu Picchu– hemos contribuido con nuestros votos a un reconocimiento que sabemos es justo y merecido. Como ha ocurrido con la ciudadela inca, este nombramiento se traducirá en un importante flujo turístico hacia la selva, sus ciudades y sus reservas y parques naturales.



Pero al lado del regocijo que suscita esta distinción, a nadie debe escapar que ella entraña también una gran responsabilidad: la de cuidar este pulmón verde y preservarlo para que pueda seguir cumpliendo sus funciones de reserva mundial de biodiversidad y pueda seguir siendo reconocido como tal por las futuras generaciones que nos sucederán y a las que será incluso más necesaria que ahora.

Y aquí es cuando las cosas comienzan a malograrse. Sin querer hacer de aguafiestas de un festejo que nos hemos ganado a pulso, queremos llamar la atención sobre un conjunto de realidades que amenazan la sobrevivencia de esta maravilla, como son la tala indiscriminada y brutal de su riqueza maderera, la contaminación de sus ríos y cursos de agua por el narcotráfico y la minería informal, la extinción de sus especies animales por la caza y la captura, y por cierto, los terribles daños causados por la deforestación.

Este último punto es especialmente importante, pues tenemos muy cerca el ejemplo brasileño, que de ningún modo debe seguirse. Por eso nos opusimos al acuerdo firmado por el anterior gobierno que buscaba construir una decena de presas en la Amazonía para proveer de energía eléctrica a nuestro gigante vecino, lo que suscitaría una grave catástrofe ambiental. Proyectos ya realizados sin estudios previos, como la carretera Iquitos-Nauta, han causado más daños que bienestar.

Preservemos esta maravilla para la humanidad, explotando sus recursos con el cuidado necesario para no menoscabarlos y agotarlos. Aumentemos la vigilancia sobre las reservas ambientales y parques nacionales –que cuentan con escasos guardianes–, castiguemos sin contemplaciones a los depredadores de nuestros bosques y contaminadores de esa red de afluentes que alimentan al Amazonas, apoyemos el turismo ecológico, que no daña la selva y deja riqueza. Tales son algunas de las obligaciones que nos deja a futuro esta distinción.

Fuente: (larepublica.pe )

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