Un pacto con la naturaleza

Por: Mauricio García Villegas

Por un lado nos sentimos orgullosos de tener dos mares, grandes y hermosas montañas, de vivir en el país que tiene la segunda mayor biodiversidad del mundo y de tener enormes riquezas naturales, las cuales, pensamos, algún día nos sacarán de este subdesarrollo inmerecido en el que estamos.
Sin embargo, por otro lado, nuestra devoción por el ecosistema es efímera y pasajera; como de tarjeta postal: identificamos la naturaleza con el campo y el campo con el espacio a donde todavía no ha llegado ni la cultura, ni el progreso. Un colombiano en el exterior siempre hablará de la belleza de las montañas de su país, de sus mares y de sus selvas, pero hará todo lo posible por mostrar que vive en una ciudad, que no es campesino y que sólo sale de la urbe cuando va de vacaciones.
Para el colombiano la distancia geográfica es inversamente proporcional a la civilización. En alguna ocasión estaba yo en la plaza de Arma, un pueblo del norte de Caldas, y le preguntaba a un parroquiano por una dirección; entonces se me acercó alguien y me dijo: “Oiga don, no le haga caso a este fulano que él vive en la montaña y sólo sale de allá los domingos pa’ venir al pueblo”. En este país todavía existe una especie de deshonor geográfico, medido según la lejanía que se tenga de los centros urbanos: los de las ciudades grandes menosprecian a los de las ciudades pequeñas; éstos a los de los pueblos y estos últimos a los que viven en el monte.
Esta manera de ver la naturaleza tiene sus raíces en dos viejas tradiciones europeas que tuvieron gran influencia en la América Hispánica. La primera, de origen francés (Montesquieu), sostenía que la civilización sólo era posible en las tierras de clima templado. Más abajo y más lejos, sólo podía haber barbarie. La segunda, española, se fundaba en la idea de que la tierra es la fuente del prestigio (honor), siempre y cuando no sea necesario trabajar en ella para sobrevivir. Las labores físicas, rutinarias y fatigantes del campesino eran vistas por los españoles —a diferencia de los ingleses— como una desgracia deshonrosa.
De estas dos tradiciones se deriva buena parte de nuestro menosprecio por el campo y por la naturaleza. Todavía padecemos las consecuencias de esa manera de ver el mundo rural: abandono de las fronteras, concentración indiscriminada de la tierra y explotación depredadora de los recursos naturales. Pero quizás la más reciente y nefasta de estas consecuencias sea el abandono de los gobiernos locales por parte de las élites centrales. Desde los inicios de la república el gobierno de los pueblos pequeños fue entregado a los gamonales, hoy muchos de ellos convertidos en clientelas mafiosas.
Escribo todo esto viendo caer una lluvia pertinaz sobre Bogotá y pensando en que quizás los estragos de este invierno habrían sido menores si no hubiésemos reducido la idea de naturaleza a una amenaza o a un recurso. Pero no quiero lamentarme de los cuatro siglos de historia inexorable que han pasado por estas tierras escarpadas. Más bien quiero terminar hablando de la necesidad que tenemos los colombianos de crear un nuevo pacto fundador de la sociedad (como el que propusieron Rousseau y Locke); un pacto que no sólo incluya a las personas sino también a la naturaleza.
¿Le parece ilusoria esta propuesta? Entonces piense en un pacto que incluya los derechos de las generaciones futuras, empezando por los de sus hijos o por los de aquellos que están por nacer, lo cual, a la postre, resulta en algo similar a lo que acabo de proponer.

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