Construir en verde, el reto de las ciudades

Durante la Conquista, los españoles no dejaban de admirar las grandes áreas verdes de Tenochtitlan y sus alrededores. En los dominios del señor de Ixtapalapa, por ejemplo, se abrían amplias avenidas repletas de árboles frutales, arbustos y lagos con peces y aves acuáticas.


Hoy, en muchas grandes urbes, como la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM) los esfuerzos para evitar que el gris del concreto y el asfalto predomine son insuficientes, mientras las poblaciones crecen y las iniciativas de preservación ambiental tienden a centrarse principalmente en los grandes ecosistemas antes que en las áreas verdes urbanas.

Entre 1990 y 2025, los pobladores de zonas urbanas se duplicarán hasta llegar a más de 5 mil millones, acorde con una proyección del World Resources Institute. Si esto sucede, dos terceras partes de la población mundial vivirán en las ciudades. La mayoría -90% de ese total- pertenecerá a naciones no desarrolladas.

“El problema es que gran parte de esta expansión urbana es prácticamente autourbanismo; no se da de manera planificada; los espacios abiertos son hijos de nadie, se dejan sólo como remanentes o para circular por ahí, pero no se proyectan”, advierte el investigador Saúl Alcántara Onofre.

El académico de la UAM-Azcapotzalco recuerda que en el DF este crecimiento caótico se ha dado sobre todo en zonas montañosas periféricas, como la Sierra de Guadalupe. “Hay muchos espacios que podrían recalificarse a través del verde urbano, con el árbol no como simple mobiliario, sino como factor de calidad de vida y utilizando la vegetación nativa”.

Depredación ambiental

La preservación de espacios verdes urbanos resulta vital desde múltiples perspectivas, pues éstos no sólo contribuyen a equilibrar la temperatura ambiental, absorber contaminantes y canalizar al subsuelo agua de lluvia que recarga los acuíferos: también producen efectos psicológicos y sociales que contribuyen a mejorar la calidad de vida de los pobladores.

La Organización Mundial de la Salud recomienda que en las ciudades debe haber, al menos, 9 metros cuadrados de áreas verdes por habitante. Según un inventario de la Secretaría del Medio Ambiente del DF, éstas han aumentado en las últimas décadas, de manera que cada capitalino tiene acceso a unos 16 metros cuadrados (incluyendo parques, camellones, barrancas, etcétera).

Pero a decir de algunos expertos en urbanismo como Lorena Escobar Delgadillo y Jesús Salvador Jiménez, de la FES-Aragón de la UNAM, la capital del país hace tiempo está lejos de alcanzar ese nivel ideal.

En su artículo Urbanismo y sustentabilidad: estado actual de desarrollo urbano de la Zona Metropolitana del Valle de México, los académicos estiman que mientras en 1950 había unos 50 metros cuadrados de zonas verdes por habitante en la región, para el año 2000 esta cifra se había reducido a poco más de 5 metros cuadrados.

Los autores coinciden con el diagnóstico de Alcántara Onofre: “El crecimiento de la ZMVM se ha dado de manera dispersa en la periferia, tanto en el DF como en el Estado de México, sobre tierras rurales, terrenos de alto riesgo como cañadas y sobre las áreas verdes”. Esto, dicen, ha generado un crecimiento “anárquico y depredador del ambiente”.

Vegetación no nativa
Pero el problema no se li
mita a la reducción de espacios naturales con una deficiente planeación que sólo deja trazas verdes y favorece la proliferación de distribuidores viales, estacionamientos, edificios o plazas. Mantener zonas vegetales se ve frecuentemente como una “decoración” en la que es común la introducción de especies no nativas.

Incluso muchos ciudadanos obran de buena fe, con la intención de embellecer su entorno urbano y plantan especies que más tarde ocasionarán problemas en la infraestructura urbana o incluso en el entorno natural. Tal es el caso de los ficus o los eucaliptos, cuyas raíces se extienden horizontalmente y dañan el asfalto y los edificios aledaños, explica Alcántara.

“En la zona de Mixquic, en vez de introducir por ejemplo ahuejotes se están plantando eucaliptos o casuarinas, que afectan las construcciones y destruyen el ecosistema lacustre. Hacia el norte, en Cuautepec y Ecapetec, parte de la Sierra de Guadalupe que seguramente tuvo pino o encino, ocurre algo similar”, advierte el académico del Posgrado en Diseño de la UAM-Azcapotzalco.

El especialista en arquitectura del paisaje justifica la introducción de especies ajenas sólo cuando no provocan daños y favorecen la estética, como se ha hecho en el Centro Histórico del DF al plantar palmeras phoenix canariensis (de Islas Canarias). En cambio, argumenta, en la periferia, donde existen zonas completamente erosionadas, es mejor poblar con vegetación nativa como ahuehuetes, ailes o magnolias, entre otros.


Fuente: ( El Universal.mx ) 

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