martes, 24 de mayo de 2011

Mitos y verdades de la Zona del Desierto

Penetramos hasta las profundidades del desierto coahuilense, hasta el Bolsón de Mapimí, donde está enclavada la mundialmente famosa Zona del Silencio.

Zona del Silencio. Acompáñenos a esta exploración por los misterios meteorológicos , cosmográficos, astrológicos, zológicos, metafísicos, tecnológicos, ecológicos e inclusive ufológicos en una zona que, después de ser tan famosa como el Triángulo de las Bermudas, se ha convertido en una reserva de la biósfera protegida por la ONU, el Gobierno de México y los habitantes del Ejido la Flor, no menos aguerridos, aunque para bien de la ciencia, que los de Atenco, otrora famosos en el Estado de México.

Así lo advierte Sergio Herrera de la Cerda, uno de los guías turísticos del lugar, calificados y certificados por la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP), y de quien nos hemos hecho acompañar, porque así lo dicen las nuevas reglas, para recorrer el remoto, y hoy solitario, Bolsón de Mapimí.

Lo hacemos a bordo de un auto compacto, propiedad del periódico y sin más brújula que Sergio, a diferencia de hace algunos años cuando miles de visitantes, venidos de todas partes del planeta, se internaban en este páramo con el permiso de nadie... para saquearlo.
“Cuando estábamos chiquillos abríamos la puerta para que la gente pasara, nos daban un peso y de regreso otro peso. Cuando la gente salía veíamos en su camioneta que iban cargados de tortugas, cactáceas, piedras, todo lo que encontraban se llevaban. Yo no le di el valor hasta ahorita que estoy rescatando lo poquito que nos queda”, cuenta el hombre de 42 años, bajo 40 grados de calor y devorados por las oleadas de polvo que entran por las ventanas abiertas de nuestro compacto a toda velocidad.

Sergio es uno de los pocos habitantes que quedan en el Ejido La Flor, en Durango, el único acceso, al menos legal, a este desierto decretado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, (UNESCO), como Reserva de la Biosfera.




Nuestro objetivo es llegar hasta el corazón de la Zona del Silencio y comprobar si, como dice la gente, en este sitio rondan los ovnis, aterrizan naves espaciales, de las que bajan extraterrestres, y caen meteoritos.

Tal y como hace tiempo lo hacían los visitantes de este desierto que comparten los estados de Durango, Coahuila y Chihuahua, atraídos por los relatos fantásticos de platillos voladores y seres de otras galaxias, ampliamente difundidos por la televisión, los periódicos y las revistas sensacionalistas. “Entra aquí el señor Jaime Maussan, que a mí me pagaba mucho dinero para que dijera lo que él quería. Me pedía que dijera que aquí había plantas carnívoras, que había tortugas de una tonelada que volaban. Le dije ‘cómo voy a decir eso, tú te vas a ir y vas a ganar mucho dinero con tus mentiras, pero la gente va a venir y me van a poner una friega y una demanda’. El señor Óscar Cadena hizo lo mismo, me pidió que dijera que bajaban los ovnis y que yo platicaba con los extraterrestres, ¡cómo se le ocurre! ‘No – les dije –, conmigo no van a poder hacer eso’”, relata Sergio todavía con restos de indignación en los labios.

MAGNETISMO... DE CURIOSOS
El camino a la Zona del Silencio, bordeado por nopaleras, yucas, gobernadoras y otras plantas endémicas que han dado fama a este desierto, se hace cada vez más intransitable para nuestro vehículo compacto que sortea, sin repelar, cráteres, pendientes, rocas duras, polvo y más polvo, lo que antes no impedía que miles de curiosos violaran la Reserva en busca de los “misterios” que, desde finales de los años setentas, se encargó de prodigar el ingeniero químico y buscador de yacimientos de petróleo de PEMEX Augusto Harry de la Peña Pérez, a quien se atribuye el descubrimiento de un lugar lleno de magnetismo en medio del desierto y en el que las ondas de radio simplemente se perdían. “Entró el señor Harry de la Peña con un grupo de amigos, un tío mío los acompañó. Dice mi tío que al señor se le descargó la batería de su cámara y a su radio no llegó la señal como él quería y se sorprendió.

Sale a Torreón y lo comunica a todos los medios, y es la bomba que explota, viene la gente a ver qué estaba pasando. Vio el señor (Harry de la Peña) que estaba teniendo éxito, le gustó y entonces empezó a escribir sus libros, los vendió, le fue bien. La Zona del Silencio que este señor describió fue la del Estado de Coahuila, en el Ejido las Lilas, una zonade fósiles (caracoles, estrellas marinas, erizos), aprovechó para tener su buena colección de fósiles, sus libros y su dinerito. La gente vino y saqueó todo lo que no era de ella, se llevó todo lo que no era de ella”, narra Sergio, cuerpo fornido, mirada vivaz, rostro tatemado por el sol y un viejo sombrero que esconde su cabeza calva.

El número de turistas que llegaban a acampar al Bolsón de Mapimí en busca de contactos con seres de otros planetas creció de manera ostensible y desordenada, ocasionando al ecosistema un daño irreversible, tanto que en 2001 la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas, en acuerdo con los moradores de este desierto, determinó cerrar temporalmente la Reserva al flujo de visitantes.


Dos años tardarían en limpiar el área que por más de tres décadas había sido visitada por los turistas de la Zona del Silencio, a quienes los pobladores del Bolsón bautizaron como “zoneros”.


“La reserva se cerró dos años para poder restaurar todo los daños que dejó la gente. Se cerró en 2001 y 2002 y se limpió, se sacaron alrededor de unas ¡15 toneladas de basura! La gente venía y acampaba donde quería. Eran unos súper buenos productores de basura, se terminaron todos nuestros árboles, que no son grandes, son chiquitos, y se los quemaron para sus fogatas; nos dejaron su basurita, que sabemos que daña al medio ambiente, a los animales, porque los animales se comían las bolsas, se morían y era una pérdida para nosotros”, explica Sergio, este ejidatario que apenas terminó la secundaria, pero que ha colaborado como ayudante por más de 26 años con científicos de talla nacional e internacional en el desarrollo de proyectos de investigación de flora y fauna del lugar.
Nada que ver con aliens ni platillos voladores.

Como el que vio cuando niño el recepcionista del único hotel que hay en Ceballos, municipio de Mapimí, Durango, el pueblo más cercano a la entrada de la Reserva de la Biosfera, una mañana mientras volaba papalotes con sus amigos en el desierto. Era una esfera luminosa que aventaba luces de colores haciéndose óvalo. “Se miraba como una luz verde y luego azul, en segundos desapareció”, relata.

Atardece y hemos recorrido unos 30 kilómetros de terracería en medio del desierto, por el que hasta ahora, y a pesar de ser fin de semana, no hemos visto pasar un sólo vehículo o gente, solo a uno que otro venado que se atraviesa al paso de nuestro compacto o merodea entre la vegetación desértica.

El guía explica que ésta es una de las pocas especies que se ha logrado conservar en la zona, además de linces, gatos montés, correcaminos, pájaros carpinteros, águilas reales y tortugas, éstas últimas en peligro de extinguirse.

SERGIO es un habitante de la zona, defensor de la reserva ecológica y sin duda un cronista valioso del ejido La Flor en Durango.

“El jabalí se extinguió y ya está otra vez dentro de la Reserva”, suelta Sergio.

Y – dice – que la Tortuga del Desierto, inscrita en la Lista Roja de la UICN, el inventario más reconocido mundialmente sobre el estado de amenaza de las especies, fue sin duda el principal motivo por el que en 1979 se decretó este sitio como área natural protegida, a cargo del Instituto de Ecología A.C. (INECOL), que tiempo después instaló en pleno Bolsón el Laboratorio del Desierto, centro que por más de 30 años ha albergado a investigadores mexicanos y extranjeros, dedicados al estudio de la flora y la fauna de la región. Nada que ver con aliens ni platillos voladores.

“No tenemos un laboratorio espacial como la gente cree, aquí vienen biólogos y edafólogos (especialistas delsuelo, las plantas y el agua). Aquí han estado alemanes, rusos, chinos, árabes, argentinos, canadienses, estadounidenses, guatemaltecos...”, aclara Sergio.


UNA PUERTA AL ESPACIO
A nuestra llegada a Ceballos, Armando Fierro Cardoso, presidente de la Junta de Gobierno de Ceballos, nos habló de que en la Zona del Silencio podría construirse una base para el lanzamiento de cohetes, por ser este sitio una puerta abierta al espacio. “Se habla de que un cohete para salir tiene que ir atravesando la atmósfera y ahí es un hueco que hay directo al espacio”.


Entonces la Reserva abarcaba cerca 100 de hectáreas, en 2000 se extendió a 342 mil repartidas en Durango (60 por ciento), Coahuila (23 por ciento) y Chihuahua (15 por ciento).

“Fue la Primera Reserva – aclara Sergio – que se abrió en América Latina, y el motivo por el que se abre esa reserva es la tortuga. Esta tortuga existió desde Aguascalientes hasta Las Cruces, Nuevo México, pero se extinguió en todos esos lugares y solamente queda en el Bolsón de Mapimí...”.

De repente Sergio interrumpe su exposición y nos pregunta sobre nuestra intención de visitar la Zona del Silencio.

“La idea – digo al guía – es acampar unas dos o tres noches en este lugar y...”, no termino de hablar cuando me informa que está prohibido por disposición de la CONANP realizar cualquier actividad que no sea visitar el museo de la Reserva, ubicado en el Ejido la Flor, o dar un recorrido por el desierto con el apoyo de un guía como él.

“Los ejidatarios ya no queremos que se lleven nuestras plantas, ni animales, ni piedras, ni nada que se encuentren, solamente que los vean y se los lleven en fotografía. Toda la gente que quiere entrar aquí se tiene que identificar, decir a qué viene, por qué viene, con qué propósito”.

Cristino Villarreal Wislar, el director de la Reserva Mapimí abunda después, en entrevista telefónica, sobre ese proceso de concientización de los pobladores de la región para la conservación de la Reserva. “Les dijimos, ¿quieren que sigamos igual o que cambie la situación?, ellos dicen ´queremos cambiarla`. Integramos el consejo asesor en el que el 51 por ciento de los consejeros son dueños o habitantes de la Reserva ¿Qué decisión quieren tomar?`, dicen ´ya no queremos zoneros`, así les llaman ellos.

“‘Perfecto, nada más que yo no puedo cerrar la Zona del Silencio porque no es mía, es de ustedes, los que tienen que cerrar el acceso son ustedes’. Tomaron la decisión de restringir el acceso a la Zona del Silencio, hasta que ellos estuvieran ordenados, capacitados y pudieran brindar el servicio de guías”.

Medida que despertó suspicacias entre los fanáticos de la ufología, definida por el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española como: “Simulacro de investigación científica basado en la creencia de que ciertos objetos voladores no identificados son naves espaciales de procedencia extraterrestre”.

“La gente ha empezado a decir que tenemos un gigante, que está por ahí, que mide como unos 10 metros y que no se los queremos presentar ¡No lo hemos encontrado! Otros dicen que tenemos un extraterrestre escondido y que por eso no dejamos que pase la gente libremente y muchos han llegado a decir que somos extraterrestres”.

¿ENLOQUECEN LAS BRÚJULAS?
Don Arsenio Macías Chavira, un viejo de cuerpo enjuto y encorvado, era por aquella época uno de los habitantes del pueblo de Ceballos que se ganaba la vida llevando turistas venidos de todas las latitudes hasta las entrañas mismas de la Zona del Silencio. Su negocio se acabó cuando la CONANP y los ejidatarios tomaron las riendas de la Reserva.


“A mí ya no me dejaron llevar gente a la Zona del Silencio. Me dijeron que ya no había más entrada para mí, que iban a controlar todo en La Flor”, entonces la zona era un desorden de turistas que entraban y salían. “Una vez les dije a los ingenieros (de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas) ‘ustedes llegaron demasiado tarde’”,. Nunca saqueó – aclara – y en varias ocasiones tuvo que pelearse con los paseantes que iban al desierto de cacería.

“Un día llegaron conmigo unos fulanos en un guayin y uno de ellos traía un rifle 22, le dije ´¿que no viste los letreros de que se prohibe disparar armas?`, dice ´sí`, le digo ´¿entonces cómo vienes con tu rifle`”, refiere don Arsenio una noche bochornosa, afuera de su casa de Ceballos.

Luego se trae unas piedras imantadas que recogió hace años de la Zona del Silencio y una brújula que al acercarla a los peñascos empieza a girar como loca.

“Yo he comprobado la energía que hay allá”, reza.

– ¿Alguna vez vio algo?

– “Llegué varias veces a quedarme en esas partes y estuvimos pendientes, pero únicamente se veía en la madrugada que se desprendían estrellas, dejando una ráfaga verde. Los muchachos que yo llevaba traían sus cámaras, velaban para ver qué”, dice.

Y recuerda así al ingeniero Harry de la Peña y la historia de la Zona del Silencio: “Fue uno de los ingenieros que tuvieron mucho entusiasmo por esta zona y cuando trabajaba para PEMEX buscando yacimiento de petróleo se dio cuenta de muchas cosas que se le empezaban a hacer raras, no había comunicación. Se hizo un campamento muy grande de gente que vino de muchas partes” Luego nos muestra un libro de visitas donde quedaron inscritos los nombres de turistas chinos, japoneses, alemanes, venezolanos, y de “toda América Latina” que él llevó hasta la Zona del Silencio.

EL CHAKRA DE LA TIERRA
Seguimos por el desierto, donde la sensación de calor es realmente brutal, más cuando hemos olvidado cargar una provisión de agua o refrescos para mitigar la sed y el polvo que se ha colado hasta el fondo de la garganta, sin la esperanza de encontrar un oasis en este Bolsón que hace 65 millones de años fue parte del extinto Mar de Tetis.

Evoco entonces la historia que hace rato nos contó Sergio, sobre el cadáver de una tortuga expuesta en una de las vitrinas del museo de la Reserva, en el Ejido La Flor, y que murió de insolación, sola en medio del desierto.

– ¿Ha afectado el cambio climático?

“Mucho, ya nos está desconociendo. Me gustaría que la gente tuviera más consciencia, gracias a nosotros nos está pasando todo esto. Estamos sufriendo porque no queremos que pasen desastres naturales si nosotros los provocamos”.

DON ARSENIO, guía del lugar, muestra cómo la brújula se vuelve loca en este espacio debido al magnetismo

Pero qué es este lugar, al que la gente atribuye cualidades extraordinarias. Me lo explica a nuestra llegada del desierto Miriam Araujo Betanzos, directora del Movimiento Gnóstico Saltillo Centro:

“Es identificada a la luz de la Gnosis como un vórtice magnético. Nuestro planeta tiene siete vórtices magnéticos. El planeta es un ser viviente, así como los seres humanos, que tenemos siete centros magnéticos o chakras que son los que captan energía de la naturaleza y la difunden, con diferentes calidades a todo el cuerpo. Así, el planeta capta energía por esa región y la dispersa a toda la tierra. “Estos centros magnéticos y energéticos que aterran y dispersan energía son utilizados por los extraterrestres, para aprovechar esa energía, extraterrestres porque no nacieron en el planeta, deberíamos de acostumbrarnos a ellos. Hay leyes cósmicas por las que ellos no pueden intervenir directamente en la vida del ser humano, pero no quiere decir que no puedan venir aquí.

– ¿ Que buscan? –

“Les causa cierta inquietud cómo el ser humano es capaz de destruirse, eso les sorprende bastante, que somos capaces de destruirnos a nosotros mismos y no quieren intervenir porque están estudiándonos”.

Otras versiones publicadas incluso en viejos folletos de promoción turística del Estado de Durango, hablan de la caída, hace miles de años de un gran meteoro de alta composición ferrosa, que al quedar clavado en el subsuelo creó un campo electromagnético capaz de desviar el curso natural de las ondas hertzianas., “...caen en el área infinidad de meteoritos, un cada tres minutos. El embudo electromagnético que se forma en esta zona facilita el ingreso de estos cuerpos celestes a través de nuestra atmósfera”, dice uno de estos folletos en el que además se habla de insectos y plantas mutantes.

Semanario, trató de contactar a algún investigador del CONACYT que diera una explicación científica sobre los supuestos fenómenos que ocurren el Zona de Silencio. La respuesta del vocero de esta dependencia, José Luis Olín Martínez, fue que no estaban en posibilidades de dar una entrevista sobre el tema.

EL CERRO DEL MAGNETISMO
Seguimos por el desierto. Más allá Sergio señala el lugar donde un mediodía, mientras se encontraba midiendo unos pluviómetros al lado de unos científicos franceses, divisó un rectángulo metálico parecido a la caja de un tráiler, pero sin llantas, ventanas ni luces, tirado enmedio de la nada.

“Yo lo vi, lo toqué, no creo en ovnis porque siempre he vivido aquí y nunca he visto nada, no puedo decir que eso era un ovni, porque toda la gente identifica a los ovnis como platillos”.

Entre las oleadas de polvo que levanta nuestro compacto pasamos, justo a la caída del sol, frente al Cerro de San Ignacio, una fortificación natural parecida a un volcán apagado y que ha sido objeto también de muchas leyendas parecidas a las que circulan en torno al llamado Triángulo del Diablo. “La gente que viene le dice el “Cerro del Magnetismo”.

Dicen que aquí hay un cerro con mucho magnetismo y que todos los carros que han pasado por aquí son absorbidos por ese cerro y que hay hasta avionetas, digo ´ pos ¡qué padre! que fuera todo eso, de ahí tendría mis carros`”.

Al respecto la Carta de Navegación Aérea, usada por la aviación comercial nacional e internacional, no consigna advertencia alguna en esta zona. Detenemos la marcha para tomar la fotografía de un venado Bura parado enmedio de la vegetación y que al sentirse observado por la lente del fotógrafo Héctor García, pega la carrera.

Cuando regresamos listos para continuar la travesía rumbo a la Zona del Silencio, nos damos cuenta de que el vehículo se niega a seguir con nosotros y parece que ha sufrido una avería en la transmisión por tanto brinco y polvo. Sabemos entonces lo que es estar en medio del desierto, a kilómetros de la civilización y sin nadie que nos eche una mano.

ZONA INSEGURA
Sergio comenta esta vez que de un tiempo a la fecha debido a la inseguridad es difícil que los turistas vengan a visitar la Zona del Silencio, cuando hace apenas unos años el lugar registraba una afluencia anual de casi mil 800 personas.

Entrando a Ceballos se pudo observar un destacamento de soldados y despliegue de convoyes militares peinando una a una las calles del pueblo. La razón, nos platicó sigilosa la gente del lugar, era que días antes se había registrado el hallazgo de una camioneta en la que se encontraron seis cabezas humanas metidas en la cabina y el resto de los cuerpos en la caja del vehículo.

“También ha habido secuestros de varias personas”, dijo una fuente anónima. Nada que ver con abducciones ni guerras interplanetarias.

Minutos después nos hallábamos caminando entre la maleza, rumbo al Laboratorio del Desierto en busca de ayuda.

Mientras andamos pienso en la charla que horas antes tuvimos con Sergio en el Museo de la Reserva y en la que nos hablaba de la existencia de 17 especies de víboras, cuatro de ellas de cascabel, que se arrastran por este desierto.

“Si te muerde y no te tratas en dos horas.... es mortal”, el eco de sus palabras es como un escalofrío que llega hasta la médula de los huesos.

Avanzamos todavía con el sol pegado a la cara y no sé por qué no puedo dejar de pensar en las dos clases de tarántulas, una café y la otra negra con el centro naranja, que viven aquí.
“Lo más venenoso que tenemos es la víbora de cascabel, la viuda negra, que es muy raro verla, y el ser humano, que es de los más peligrosos”.

Al cabo de un rato vemos a lo lejos una edificación rectangular de ladrillo y a su costado izquierdo una torre, a manera de observatorio. Se trata – interviene Sergio – del Laboratorio del Desierto, a donde han llegado investigadores de todos lados para estudiar esta Reserva.

Una vez dentro, y después de habernos abastecido de agua, le pido a Sergio que nos muestre un poco el recinto y responde que sólo consta de dormitorios y una área de experimentación para los científicos.

– ¿Hay investigadores ahora? – Una, pero anda en campo y regresa muy noche”.

A punto de anochecer regresamos con un sobrino de Sergio a bordo de un camión de redilas hasta el lugar donde se nos quedó el automóvil. El compacto tiene intrincadas las velocidades y así – advierte Sergio – nos sería imposible seguir hasta la Zona del Silencio para la que aun faltan algunos kilómetros. Después de varios intentos por echarlo a jalar, resolvemos volver a La Flor con el auto puesto en segunda velocidad.

Ya ha oscurecido y de vuelta por el sendero de cráteres, piedras y tierra suelta, un coyote negro con la cara y las patas amarillas nos sale al paso.

Una noche como ésta, llegaron hasta la casa de la suegra de Jesús Acosta Hernández, lugareño de Ceballos, unos hombres gigantescos, blancos y de piel brillante.

“Eso me pasó por el simple hecho de haber estado observando el cielo durante mucho tiempo. Fue una experiencia muy dura y no quisiera que se volviera a repetir”.

– ¿Venían buscándolo a usted? – No sabemos, los perros no los dejaron acercarse, subieron a un coche y se fueron, es lo que dice mi suegra.

Jesús se dice alumno de la Escuela de Estudios de las Ciencias Futuras, con sede en Torreón, y un observador del cosmos desde hace más de 20 años.

Se hizo popular en Ceballos gracias a unas fotografías que – asegura – tomó uno de sus compañeros de la Escuela una noche que acampaban en la Zona del Silencio y en las que aparecen dos esferas con ojos. Aquella noche el viento había traído un olor como a jazmines.

“Estuvimos haciendo oración, era reunión de místicos. Otro día revelamos las fotografías y empezamos a observar que aparecían miles de luces multicolores que se asomaron hacia donde estábamos nosotros.

“Lo muy peculiar de esa fotografía fue que junto a una camioneta, que estaba estacionada a un lado delcampamento, se empezó a desdibujar una sombra. En las fotos logramos captar dos esferas en forma hexagonal que abrieron unas escotillas, como si fuesen unos ojos”.
– ¿Donde están esas fotos? – Otra compañera se las llevó a Houston. – ¿ A qué iban ustedes a la Zona del Silencio? – A hacer oración y a estar pidiendo porque la humanidad no se extinga, vienen tiempos difíciles.

Luego de casi dos horas de camino arribamos a la Flor. En el cielo hay un espectáculo de constelaciones, de estrellas brillantes que parpadean y se ven cercanas y grandes, “las más grandes son planetas”, instruye Sergio y aprovecho para preguntarle si también son mentira los dichos sobre las “impresionantes” lluvias de estrellas que caen en el Bolsón.

“Sí hay lluvia de estrellas, en noviembre hubo dos y en diciembre una. Son como estrellas fugaces que caen en diferentes direcciones, es algo impresionante. pero no es cierto que a la gente le interese mucho porque no vino a verlas”.

Dice sin embargo que la contaminación lumínica procedente de Torreón, Gómez Palacio y Lerdo, impide disfrutar cada vez menos de estos fenómenos astronómicos como antaño.
“Gracias a esa contaminación muchos chavitos de la ciudad ya ni conocen las estrellas”. Una maestra de Ciencias Naturales, egresada de la Normal Superior de Coahuila, narra cómo en varias ocasiones fue llevada de excursión, junto con otro grupo de alumnos, por su profesor de Técnicas de Laboratorio, hasta la Zona del Silencio.

“En las ocasiones en que la visitamos nunca encontramos nada extraño. Incluso la gente del Laboratorio del Desierto nos decía ´si vienen a buscar ovnis y mutantes y todo eso, ya se pueden retirar por que no hay nada de eso. En las noches se apagaban todas las luces, nada más prendíamos una fogata por precaución y podíamos observar las estrellas muy grandes, se veían maravillosas”.

Nos despedimos de Sergio con la amenaza de volver al día siguiente para conocer la “enigmática” Zona del Silencio.

Antes pernoctaremos en un hotel del pueblo de Ceballos, a unos 18 kilómetros de la Flor, y buscaremos a un mecánico que repare el automóvil.

Es otra tarde en las profundidades del Bolsón de Mapimí, ante nuestra imposibilidad de conseguir en Ceballos una camioneta o un vehículo apto para atravesar el desierto, nos internamos de nuevo con Sergio en el compacto.

El sol del mediodía nos hace sudar a chorros y los oleajes de tierra entran a cada rato por las ventanas del automóvil, pintándonos el rostro de blanco y poniéndonos los cabellos duros.

Un mediodía como éste Juan Manuel Herrera, un habitante septuagenario del Ejido La Flor jura haber visto volar en el cielo del Bolsón, cuando arriaba el ganado, un objeto en forma de avión color blanco que brillaba haciendo piruetas sin emitir ruido alguno. ‘”Era un avioncito chiquito, no rumbaba, no supimos ni de dónde salió, se nos perdió de repente”.

En eso vemos salir de unas ruinas de adobe a la vera del camino a un gato montés negro que se pierde entre los magueyales cuando mira que el coche se acerca a su guarida. “No son agresivos, mientras no los ataques”, apunta Sergio.

Después de haber andado casi hora y media volvemos a ver el Laboratorio del
Desierto con su torre-observatorio y decidimos hacer un alto para proveernos de
agua.

A nuestra salida del Centro nos topamos con una cuadrilla de investigadores, que vienen llegando en un jeep bañados de polvo y sudor, igual que nosotros.

Se trata de Cinthia Elizalde Arellano, maestra de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del Politécnico, otro maestro y dos de sus alumnos.

La investigadora, que al principio se niega a dar entrevista, explica que el grupo se halla realizando un monitoreo sobre las poblaciones de coyotes y gatos montés que hay en la Reserva, y a la par un estudio sobre el sistema depredador - presa de estas dos especies con hábitos alimenticios comunes. Nada que ver con aliens ni platillos voladores.

“Estamos poniendo collares para rastrear a los animales, radiotransmisores, Al mismo tiempo estamos trabajando con las presas principales de los coyotes y los gatos monteses que son liebres, conejos, ratones. La idea es ver cómo funciona el sistema depredador-presa y la coexistencia entre gatos monteses y coyotes, que son muy parecidos, pero la Reserva tiene muchísimo más que eso”, detalla la investigadora. Ahora nos vemos trepados de nuevo en el coche con rumbo, por fin, a la Zona del Silencio.


Entre el calor y el polvo vemos emerger paisajes adornados con nopales de un color morado, paisaje que me hace recordar los relatos de Ray Bradbury, uno de los escritores más representativos del género de ciencia ficción, cuya imaginación ha retratado en libros como Crónicas Marcianas, la vida y el entorno en otros planetas. Por las calles de Ceballos deambula la historia de un anciano ya fallecido llamado Chepito, que tuvo un encuentro con una niña extraterrestre cerca de la Zona del Silencio.

“Le dice la niña: ´ando buscando mi cajita´y Chepito ´¿pero tu cajita aquí en el desierto?, ¿por qué o qué`. Los dos se ponen a buscar la cajita hasta que la niña la encontró. Decía don Chepito que era una especie como de calculadora. Le dice la niña al viejito:´después vengo porque ya me están hablando`, ´¿quiénes?`, le pregunta el señor y dice la niña ´mis papás`, picó unos números de esa como calculadora y empezó a desvanecerse”. dice Jesús Acosta Hernández, vecino de este poblado.

Más adelante nos detenemos en una especie de cráter gigantesco rodeado por dunas pobladas de plantas desérticas, bajo un cielo de azul intenso.

Sergio nos avisa que estamos justo en el área conocida como la Zona del Silencio, donde hace más de 40 años se desplomó el cohete estadounidense Athena. “La gente piensa que toda la Reserva es la Zona del Silencio, la Zona del Silencio para nosotros es este lugar, pero no porque pasen cosas extrañas, es porque en 1970 cae esa cápsula...”.

Su historia acerca del Athena no es del todo diferente a la por esa época publicaron revistas como México Desconocido: “No fue un error de cálculo, los gringos venían a buscar uranio. La versión es de que ya habían monitoreado ese lugar y lanzan esa cápsula. Cae la cápsula, meten un ferrocarril, se llevan su cápsula, se llevan la arena, en cajitas de cartón o latas de plástico, de una duna que era la más alta de la zona de dunas, se llevan nuestro uranio, si es que lo encontraron, toda la flora y la fauna, el ganado que había por ahí de los dueños del lugar. Se llevaron lo que no era de ellos y claro que jamás la NASA nos va a dar información.”.

No logro convencer a Sergio sobre la idea de quedarnos a velar aquí cuando menos una noche, dice que en este lugar nadie puede acampar y que últimamente ha traído aquí a algunos extranjeros venidos de Italia o Rusia que buscan cargarse de buena energía.

“En todos los desiertos del mundo hay magnetismo, nosotros somos una zona volcánica y todas las zonas volcánicas tienen magnetismo. La gente que cree en la energía positiva busca mucho esos lugares, vienen aquí a hacer meditación, a orar”.

Y expone que de unos años para acá la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas, en cooperación con las comunidades que conforman la Reserva (11 ejidos y cinco pequeñas propiedades), han conseguido cambiar el enfoque de la gente en torno a la Reserva del Bolsón del Mapimí y la propia Zona del Silencio. “Transformamos la idea loca que atraía a toda la gente. Hace como tres años entró el Jaime Camil, pero ya con el enfoque de Reserva y TV Azteca también”.

Para ello los pobladores de La Flor se han integrado en una asociación civil, que tomó el nombre Zona delSilencio, con miras a desarrollar un proyecto de ecoturismo dentro de la Reserva.

“Logramos ser una asociación civil con ayuda de la CONANP, logramos una ayuda de la ONU para un poquito de infraestructura, capacitaciones. Nos preocupa más la capacitación que la infraestructura, porque para dar esta información tenemos que tener mucho conocimiento. Vamos a trabajar para que venga más gente a conocer la Reserva”.

– ¿Por qué se pusieron Zona del Silencio? – Nosotros tenemos que tener un ganchito para que la gente nos visite. Nos llamamos Zona del Silencio, como una Reserva de la Biosfera no nos van a pelar.


A la vez Cristino Villarreal Wislar, director de la Reserva de la Biosfera Mapimí, habla de los avances en la conservación de esta área protegida, sobre todo en lo que se refiere al cuidado de la Tortuga del Desierto, motivo de programa de monitoreo que ha permitido a los pobladores del lugar conocer la especie y su función dentro delecosistema de pastizal.

“El 70 por ciento de la dieta de la tortuga son pastos, la tortuga tiene una función de diseminadora de semillas de pastos dentro del ecosistema. Su reproducción es muy limitada, te diré que solamente, según la literatura, entre el tres y el cuatro por ciento de los huevecillos llegan a etapas adultas. Entonces es bastante limitada su recuperación. “También nos hemos dado cuenta de que la tortuga vive en colonias, entonces los lugareños como dueños de los terrenos, han pedido que las colonias se excluyan, se cerque la colonia para hacer obras de restauración, en este caso, manejo de suelos o cuencas o manejo de escurrentías en el área donde está la colonia y se le siembren pastos nativos”.

Pero la historia de saqueo y ecocidio en esta Reserva de la Biosfera se volvió a repetir tras la devastación que dejó en las playas de Cancún el huracán Wilma en 2005.

“Buscan arena similar a la de Cancún y la encuentran en Coahuila, en Durango y Chihuahua. Se la llevan de Chihuahua y a los ejidatarios les pagan cada camión que estaban sacando a 150 pesos. Nos afectó, a mí no me beneficia lo que están haciendo por Cancún”, comenta Sergio. Siete meses después, los medios de comunicación nacionales daban la noticia de la recuperación de casi 12 kilómetros de playas en Cancún, ciudad que de inmediato se colocó en la tercera posición dentro de los “diez mejores destinos turísticos del mundo”, sólo por debajo de Roma y Londres, según la agencia norteamericana Orbitz.

“Creo que ahorita a nadie le está importando mucho la conservación, a la gente no le importa nada, nomás venir y hacer desmadre a las reservas, divertirse, dejar mucha basura, ruido. Que vengan y conozcan lo que estamos haciendo, que se olviden de la Zona del Silencio”, recula Sergio mientras emprendemos la vuelta a la “civilización”.

Epílogo
Actualmente Sergio prepara la publicación de un libro dirigido a niños sobre las plantas y animales endémicos de la Reserva, que están en peligro de extinción, y la vida y conservación del desierto, pero duda que su proyecto editorial tenga tanto éxito como el de las revistas OVNI, Los Grandes Misterios del Tercer Milenio, Casos ¡Extraordinarios! o Año Cero.

Fuente: ( vanguardia )

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