Ruta en moto por Irlanda (1ª parte): Magia celta

Acompáñanos en este inolvidable viaje en moto por la por la bella y mágica Irlanda junto con los amigos argentinos Eduardo Cooke y Celina Gómez, en busca del lugar donde emigraron sus antepasados en 1860.


En el aeropuerto de Madrid tuvo lugar el emocionado reen­cuentro con el amigo Eduardo Cooke, el gran viajero argentino con quien había realizado un exitoso viaje al sur de Brasil, Uruguay, Paraguay y Mesopotamia argentina en 2013.
En pocos minutos ya estába­mos en el garaje de casa, donde estaban listas mi BMW R 1150 GS amarilla, más conocida como Alma, con un enorme y vistoso tanque de combustible de 41 litros; una legendaria Africa Twin 750 1990 blanca, bellamente decorada para la ocasión con el mapa del mundo, y también mi otra Africa Twin 650, ya un mito que me sigue dando grandes satisfacciones por campo.
Durante el día de llegada y el siguiente descansaron en casa y pasamos gratos momentos en familia, además de terminar con los preparativos del viaje, inclu­yendo una pequeña salida a los mandos de la Africa, para que Eduardo se familiarizara con la moto, cosa que ocurrió rápida­mente; se trata de una moto muy amable y fácil de llevar desde el primer momento.
Y por fin el primer día de viaje, que comenzó con más de 700 kilómetros por autovía, para llegar a Francia y tener margen al día siguiente para visitar las famosas dunas de Arcachón. Una vez en Francia, todo cambia, la topografía es más plana y las autopistas se vuelven monó­tonas, lo que, sumado a los kilómetros acumulados, hace menos placentero el trayecto. Sin embargo, llegamos con buen margen de luz natural al destino del día, por lo que nos dio tiempo a revisar las motos y dejar todo listo para el día siguiente.
Al día siguiente, el primer objeti­vo del día fueron las imponentes dunas de Arcachón, que aunque están llenas de gente, vale la pena llegar a la cúspide de sus crestas para contemplar tan par­ticular formación.
Nuevamente en marcha, nos habían recomendado cruzar el ferry entre Le Verdón y Royan, en lugar de ir por Burdeos, lo que nos pareció muy acertado. Fuimos pasando por interesan­tes poblados con añosas casas rodeadas de mucho verde. Dejamos atrás Royan, con su impresionante embarcadero y playa, para adentrarnos en una zona típicamente agrícola de Francia.
El tramo final del día fue un agradable paseo por la pintores­ca campiña francesa, para final­mente atravesar el Loire por un enorme viaducto y llegar al puer­to, donde nos esperaba el ferry que abordaríamos a medianoche.
21 horas sobre el ferry sirvieron para repasar el plan de viaje y descansar, aunque el agitado mar de Irlanda hacía mover mucho el barco. Ya con la noche bien cerrada desembarcamos emo­cionados, estábamos pisando suelo irlandés y con el condimen­to adicional de que ¡debíamos conducir por la izquierda!, en mi caso algo que ya había practica­do en otros viajes, pero en el caso de Eduardo era la primera vez.
Eduardo depositó la confianza en el GPS para que nos llevara al alojamiento que habíamos reservado en los alrededores de Rosslare, extrañamente este decidió llevarnos por caminos muy secundarios, por lo que el primer contacto en el país no pudo ser más novedoso. Finalmente nos recibió la dueña del agradable hostal y nos ins­talamos rápidamente para caer rendidos minutos más tarde.

Encanto rural
 

A la mañana siguiente, el objeti­vo era avanzar lo máximo posible para terminar bien cerca del Ring of Kerry, zona que recorreríamos al día siguiente. Con un cielo poco nuboso y después de un abundante desayuno, con un definido estilo irlandés, partimos hacia el primer objetivo, el faro delcabo de Hook, uno de los más antiguos del mundo con unos mil años en pie. Este primer trayecto por la campiña irlandesa no pudo ser más placentero, viajábamos relajados en medio de una maña­na luminosa.
Eduardo se adaptó rápidamente a la conducción por la izquierda y únicamente debíamos estar atentos al tránsito de tractores y a los cruces de caminos, que al estar rodeados de setos y árboles limitaban la visibilidad. Por todos lados se respiraba ese hermoso olor a campo característico de los países rurales, y la verde Irlanda me pareció definitivamente un país con ese encanto rural, a su modo pero bien rural al fin.
Tranquilos pueblitos salpicados cada tanto en medio de muchas y pequeñas parcelas rurales, destinadas principalmente a la cría de ganado y a la agricultura, creaban una atmósfera encan­tadora; el fresco aire mañanero inundaba el interior del casco con esos olores tan característicos que me llevaban a mi infancia en el campo entrerriano, principal­mente el olor a rastrojo de trigo, el que estaba siendo cosechado, en tanto la paja era acopiada en fardos o rollos para la subsisten­ cia del ganado en el duro invierno boreal.
Con frecuencia nos cruzába­mos con viejos cementerios, algunos en ruinas, un lugar donde se percibe su fuerte rai­gambre católica mezclada con la cultura celta. Nos paramos en un pequeño pueblo, atendidos simpáticamente como en todo el país, para llegar minutos más tarde al enorme faro, situado en un punto dominante del lugar. Rápidamente reiniciamos la mar­cha haciaBallyhack, para tomar el ferry que nos permitiría cruzar el Passage East, una lengua del mar que se interna en la tierra, y dejar a un costado la ciudad de Waterford.
Avanzamos rápidamente por la R 675, una atractiva ruta que va costeando el mar, dejamos atrás la populosa ciudad de Cork y llegamos a la colorida ciudad de Macroom, donde contemplamos un impecable castillo transformado en coqueto hotel. De ahí enfilamos a Bantry, y el GPS de Eduardo volvió a mandarnos por caminos secunda­rios. Esta vez nos sorprendió con un camino en medio de pronunciadas colinas, conducimos extasiados por dos huellas asfaltadas separadas de una verde franja de pasto, mientras las florecidas aljabas tocaban los laterales de las motos… un lujo.
Finalmente llegamos a Skibbereen, donde nos encontra­mos con una calle llena de gente jugando a un extraño juego de pelota. Rápidamente buscamos alojamiento y en poco tiempo estábamos instalados en un tranquilo hostel suburbano, listos para ir a cenar, cosa que hicimos en la parte posterior de un bar, donde nos deleitamos viendo cómo algunos parroquianos, incluyendo mujeres de avanzada edad, alternaban codo con codo en el mostrador al mejor estilo de los antiguos almacenes del pue­blo de Eduardo.

Rutas espectaculares
 

Un nuevo día soleado se presen­taba y bien temprano ruteábamos por la N 71 hasta Skibbereen. Dejamos atrás Bantry y tomamos en Glengarriff la R 572. Más ade­lante dejamos las rutas costeras y nos desviamos tierra adentro para encarar el célebre Healy Pass, un angosto y revirado tramo que se enrosca una y otra vez para atra­vesar unas pedregosas y ásperas colinas, que al estar tan próximas al mar parecen verdaderas mon­tañas.
Las vistas desde la parte más alta son espectaculares, así que hicimos un alto y sacamos bonitas fotos mientras cruzaban varios grupos de motociclistas que van en sentido contrario. Iniciamos el descenso por otro angosto caminito rodeado de lagos que reflejaban el cielo diá­fano en medio del vigoroso verde irlandés. Llegamos a Kenmare, una coqueta y pequeña ciudad donde reabastecemos y ya con el sol bien alto partimos hacia el segundo gran objetivo del día, el Gap of Dunloe, otro angosto caminito que atraviesa las mon­tañas Mac Gillicuddy’s, las más altas de Irlanda, con unos 900 metros.
El camino es asombro­so, con los ojos bien abiertos y despacio se disfruta del privile­gio de estar allí sobre una moto, las vistas son espectaculares y el viajero entra en un estado de encantamiento del nirvana que únicamente conocemos los que sabemos la sensación única e irrepetible que significa viajar en moto.
Me separo de Eduardo Cooke y Celina Gómez para aumentar el ritmo y completar de forma mara­toniana el Ring of Kerry, la ruta que bordea la costa de la penín­sula de Iveragh y, aunque un luga­reño me comenta que en invierno cuando sopla el poniente se hiela hasta el aliento, voy disfrutando del paisaje costero en un día afor­tunadamente soleado, exento de sus nieblas perpetuas y obser­vando cómo disfrutan las gentes de lo que tienen, orgullosos de su mundo rural, de su mundo tran­quilo, gozando en familia de las ferias de ganado, de sus vetustos tractores, sin conocer la prisa, y me siento afortunado de respirar a lomos de mi moto indescriptibles bocanadas de calma.
Me reencuentro nuevamente con Eduardo y Celina, recorremos el bullicioso centro de la bonita ciudad, disfrutando de sus calles llenas de músicos y gente que dis­frutaba muy alegremente la noche del sábado.
Lo que no se puede evitar debe llevarse a cabo y finalmente llegó la lluvia… así que pertrechados para la ocasión partimos con el objetivo principal de recorrer la península de Dingle. La primera parada fue en la tranquila playa de Inch, rodeada de dunas y unas antiquísimas casas, muchas en ruinas, no resistimos la tentación y rodamos tranquilamente con las motos por sus suaves arenas para proseguir viaje hasta Annascaul, donde posamos frente a la taber­na South Pole Inn, regenteada en el pasado por Tom Cream, un marino que se alistó en célebres expediciones a principios del siglo XX, incluyendo las de Scott y Schackleton, esta última destaca­ble por la activa participación en el salvamento de sus compañeros en la Antártida.
Nuevamente en marcha, enfi­lando hacia una de las zonas más bellas de Irlanda, la península de Dingle, fuimos atravesando colinas con una variada gama de verdes, para llegar prontamente al poblado homónimo, desde donde iniciamos un espectacular tramo. Allí la ruta costea el salvaje Atlántico, pasan­do por el borde de ásperos acan­tilados, con el ingrediente de con­ducir por la izquierda y del lado del abismo solo separado de este por un pequeño muro de piedras. El viento azotaba con furiosas rachas bajo una persistente llovizna, mien­tras varios metros más abajo, las olas rompían violentamente contra las filosas piedras; aun así se dis­frutaba de la moto intensamente.
Seguimos rodeando la península, el paisaje era espectacular, peque­ños poblados salpicados en medio del intenso verde siguen sucedién­dose uno tras otro, para terminar el anillo nuevamente en el poblado de Dingle, donde iniciábamos otro plato fuerte del día, el Connor Pass, un estrecho y precioso cami­nito que va trepando en medio de pedregosas laderas.
Nuevamente en la ruta y en pocos minutos estamos instalados en un B&B en la ciudad de Killrush, planifi­cando lo que quedaba de viaje, que sin duda prometía y mucho, como podrás ver en el siguiente post de esta aventura.
Fuente:Solo Moto

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