El alemán no coquetea

Cuando los alemanes oyen decir que flirtear es una habilidad que sobre todo los europeos del sur dominan con virtuosismo, quieren llegar al fondo del asunto. Veamos, ¿cómo conquistan los germanos?
El alemán es riguroso. Y cuando oye decir que flirtear es una habilidad que sobre todo los franceses e italianos dominan con extremo virtuosismo, quiere averiguar qué hay detrás y llegar al fondo del asunto. Recurre pues al diccionario para ver de dónde viene el término “flirtear“. No se sabe con certeza. Flirt es una palabra inglesa, pero quizás los ingleses la hayan tomado del francés. Se presume que proviene de “conter fleurette“, que significa algo así como “relatar florcitas“, es decir, endulzar la píldora, halagar, hacer la corte. ¿Puede alguien imaginar que un alemán haga tal cosa?
Hay que consultar entonces otro diccionario: el flirteo es un acercamiento entre personas, con motivación erótica. ¡Ahá! Eso es algo que también un alemán entiende. Sólo que lo que ocurre cuando un alemán flirtea no es particularmente sutil. “Cuando no puedo llamar a mi amor, le hago una señal“, dice una canción popular. Y el texto, que en alemán rima, prosigue diciendo más o menos así: “Sí, una seña con el ojito, y un pisotón en el pie – hay alguien en el cuarto que ha de ser mía“. Encontramos allí el acercamiento de motivación erótica con un tierno guiño de ojos y también con un pisotón. Y eso es una agresión física.
El Cantar de los Nibelungos
Coqueteando en el trabajo.
Esto tiene tradición. Llevamos en los huesos la antigua historia de la bella pero invencible Brunhilda, su pretendiente Gunther y Sigfrido, el matador de dragones; es decir, el Cantar de los Nibelungos. Gunter quiere a Brunhilda, pero ella está enfadada con él; en la noche de bodas lo ata y lo deja colgado de un clavo. El amigo de Gunther, Sigfrido, va en ayuda del novio. Gracias a una capa que lo vuelve invisible, se introduce por la noche en los aposentos de Brunhilda y lucha con ella, hasta que ésta por último se rinde voluntariamente. Sigfrido se escabulle sigilosamente del cuarto y entra Gunther, quien consuma el matrimonio, como suelen decir los juristas. Junto con su virginidad, Brunhilda pierde también sus poderes mágicos.
Eso es lo que el alemán entiende por flirtear: vencer la resistencia de una mujer. Para eso tiene que rondarla y conquistarla; es un asunto de fuerza y de poder. Porque, de lo contrario, corre peligro de quedar colgado de un clavo. Todo lo demás, el jugueteo, el coqueteo, el aleteo con las pestañas, toda la tierna parafernalia que presuntamente rodea la seducción de una chica, no es algo que se le dé al hombre alemán.
Por lo demás ¿por qué el hombre? ¿Por qué ha de ser el hombre quien corteje a la mujer y no a la inversa? Cuando todavía había cortes, las damas sabían muy bien hacer sutiles insinuaciones con sus miradas, gestos o con los movimientos de sus abanicos. Sabían atraer, desafiar y excitar. Y, si las mujeres alemanas pudieran librarse de la eterna Brunhilda que llevan en sus genes, el flirteo también tendría en Alemania un brillante porvenir.
Fuente: DW

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